Fragmento de "La Visión de los Espejos"

“Al principio vi tan sólo mi propia imagen reflejada mil veces en los Espejos, mas luego me sentí elevado en el aire. Yo mismo tomé impulso con mis alas, y volé hacia el cielo: me había convertido en un águila. Viajé sobre un paisaje borroso y alcancé la cima de una cordillera eternamente cubierta de nieve. Tras ella vi el país más hermoso que cabe imaginar: multitud de ríos y arroyos confluían desde todas partes hasta desembocar en un lago de aguas rizadas por la brisa, densos bosques bordeaban el lago y trepaban por las montañas, mares de hierba verde y prados alfombrados de flores se extendían hasta lo infinito. Me lancé desde la fría cúspide y sobrevolé los alrededores, y emprendí el vuelo hacia una resplandeciente ciudad por sobre las extensas praderas. Contemplé gentes felices que trabajaban una tierra generosa y apacentaban ganado, y vi numerosas manadas de caballos, de tan fina estampa como no recuerdo haber visto ninguno, y corrían libremente. Vi pegasos en el cielo, unicornios junto a la linde de un bosque plateado, nereidas y ninfas cantarinas que se encerraban en sus capullos a medida que el sol se alzaba en el horizonte, y había muchas bestias salvajes: vi grupos de lobos, osos solitarios, incluso algún puma huidizo en las montañas. Al acercarme a la ciudad vi un armonioso conjunto de viviendas aéreas, elevadas sobre finos pilares, y bajo ellos bellísimos jardines. Aquí y allá, como caídas de la mano del azar, se alzaban sorprendentes esculturas de cuarzo rosa o de mármol blanco o azul, y artísticas fuentes o graciosos bebederos donde multitud de las más variadas aves satisfacían su sed y procedían a un cuidadoso aliño de sus llamativas plumas. Los jardines eran edenes poblados de mariposas y escarabajos brillantes como preciosas joyas, hasta la bestezuela más humilde era como una alhaja imposible. Los niños corrían y jugaban en extensos parques, o acudían a las escuelas al aire libre. Gentes agraciadas y sonrientes paseaban por amplias avenidas sombreadas por árboles cuidadosamente podados, o contemplaban el bello ocaso del sol desde los puentes aéreos o desde lo alto de inimaginables torres de cristal y mármol de colores. Se respiraba la felicidad en aquel lugar, y la primavera parecía estar presente en todos los rincones. Lo que más me sorprendió fue la carencia de muros en la ciudad: era una ciudad sin miedo a las invasiones, segura de sí misma, abierta a todos. Una ciudad ofreciéndose al mundo sin resistencia... Mas luego me pareció de lo más natural: después de todo, ¿quién iba a querer tomar por la fuerza algo que se ofrece como regalo?”