Mis ilustraciones favoritas.


MIS ILUSTRACIONES FAVORITAS y otras cosas...
Romanticismo. Love is Power!

Ya están listos El Poder de la Sangre, El Poder del Amor y El Poder de la Memoria (los encontraréis a buen precio en Amazon, y saldrán en papel a finales de este año). Son los tres títulos en que he dividido la extensa historia de Bellver tras una intensa revisión. La precuela de esta historia, Demonios de Formentera, tiene en estos momentos 22.222 seguidores en su fanpage de Facebook (un número curioso que bien valía actualizar el blog). Así que esos fantásticos personajes que habitan este maravilloso universo basado en las Islas Baleares (con grandes licencias, por supuesto), no sólo no desaparecen, sino que usan la nueva trilogía como puente hacia su nueva aventura.  Mientras tanto, y haciendo caso de los numerosos lectores que así lo sugirieron, he desarrollado un apéndice con una extensa biblia de personajes que he incluido en cada uno de los libros, así como una guía del mundo que habitan.

Os dejo con unas pocas de las numerosas ilustraciones que vais a encontrar en la saga!







Guiomar (detalle)

Guiomar y Silencio son las protagonistas femeninas de la trilogía "Bellver".

 La joven Silencio se ha convertido en uno de los personajes favoritos de los lectores. No aparece hasta el segundo volumen, El Poder del Amor, pero ha causado una auténtica revolución. Y es que, entre tanta tragedia, se agradece la vivacidad de esta hada inocentona pero tan vivaracha, las risas que nos echamos gracias a ella no tienen precio entre tanto dramatismo! 

Falcó sigue causando estragos en los corazones de los lectores. No cabe duda de que es un personaje muy complejo, y está entre mis mayores logros. ¿Por qué nos gusta tanto la gente que sufre injustamente?

 
 Bellver es un personaje polémico, sin duda. Durante el experimento literario los lectores al principio declaraban que les resultaba antipático, pero una de las mejores características de la trilogía es la evolución de los personajes, y Bellver acaba siendo no sólo un personaje muy querido, sino realmente AMADO. Lo cual no es fácil de conseguir para un personaje de ficción. 


 Ah, vamos a por los dibujos polémicos. Los que conocen mi obra saben que me gusta jugar con la ambigüedad, pero es porque me agrada que el lector llegue a sus propias conclusiones. Aún así, no negaré que me causa estupor ver que, a estas alturas, aún existe tanta homofobia sin tratar. El día en que subí a la fanpage las ilustraciones que siguen, multitud de seguidores masculinos hicieron click en el botón de YA NO ME GUSTA. En unos pocos días la fanpage perdió más de 1.000 seguidores, un 5%. No parece mucho, pero ahí está ese porcentaje. Una de cada 20 personas no soporta que dos guapos chicos se abracen, o se besen. El arte homo-erótico tiene su público, pero por lo visto también sus detractores. Que conste que algunas de las imágenes que tanto escandalizan a alguna gente no ilustran en la novela momentos eróticos, sino de gran dramatismo. Por ejemplo, este abrazo es entre dos hermanos, no entre dos amantes. Aunque admito que éste es mi juego y que soy un poco pícara. :-) 




 Admito que la imagen es como es: es un beso, si puedo dar mi propia opinión, un bellísimo beso entre dos hombres hermosos que se quieren mucho. Además, la imagen está repleta de simbolismos, como las dos mariposas atrapadas en la bola de cristal, la araña, las fresas que crecen en esos arbustos espinosos... Pero en el libro, el momento que ilustra este dibujo no tiene nada de erótico. Al contrario, el 90% de los lectores del experimento literario declararon haber llorado, literalmente. Uno no llora porque dos chicos se den un beso. Sigue siendo mi juego. Soy mala y manipuladora!  :-) 


 Oh, oh, oh, capítulo aparte merece esta imagen. Esta ilustración la titulé “El Beso de la Vida”, está inspirada en la famosa fotografía de Rocco Morabito “Kiss of Life”, que podéis ver más abajo.   

Esta dramática fotografía ganó un Premio Pulitzer en 1968. Apareció en los periódicos de todo el mundo el año en que nació Joana Pol, 1967. Precisamente buscando efemérides fue como descubrí la imagen y quedé impresionada. La foto mostraba a un aprendiz de instalador de líneas eléctricas, R.G. Champion, que había entrado en contacto con una línea de 4.160 voltios, siendo resucitado por su compañero J.D. Thompson, mientras colgaba de la parte superior del poste. Champion sobrevivió, superando la terrible experiencia. Morabito hizo su famosa foto cuando regresaba de cubrir una huelga del ferrocarril. Utilizó su radio para indicar al periódico que llamasen a una ambulancia, y después de hacer la foto llamó de nuevo por radio al periódico, que estaba cerca de su hora límite, para decirles: “Es posible que deseen esperar a esto. Creo que tengo una muy buena”.


Usé la imagen para ilustrar uno de los momentos más dramáticos de El Poder de la Memoria, haciendo una sutil división entre la zona superior de la ilustración, que representa la muerte, y la zona inferior, repleta de vida. 

La ilustración que sigue a continuación, en cambio,  consiste en un homenaje al famoso cuadro de Bouguereau Le Ravissement de Psyche”,un tema mucho más amable de un artista que siempre me ha gustado.




 


La imagen más arriba corresponde al retrato del Capitán Ricard. Quería una ilustración especial para un personaje que realmente es especial. Bajo estas líneas, tenemos a un auténtico canalla, el perverso y controvertido Tárrec. Copio a continuación la descripción que aparece en la biblia de personajes: 


Tárrec tiene 26 años. Procede como Falcó del otro lado del Muro, es de linaje real; es el Capitán General de las fuerzas de Lladern IX, rey de Parellada; se unió a éste para vengar la muerte de su hermano mayor, Oleguer, a manos del demonio Adonis Adiant. Odia profundamente a los demonios, pero sostiene una devastadora lucha interior porque se siente brutalmente fascinado por Jasíone, por la que sufre una atracción enfermiza y confusa, entre el amor y el odio, que lo atormenta. Es un joven atractivo, vigoroso, un gran guerrero, ludópata, juerguista, mujeriego, lascivo, machista, valiente, impetuoso, vicioso, y aunque le gusta bromear (sobretodo para humillar o sacar de sus casillas a sus superiores), casi siempre está de mal humor, sobretodo cuando bebe demasiado. Es un hombre inteligente y hábil, pero brutal, un hombre capaz de grandes logros si no fuera por el  lastre de su rencor y sus prejuicios. Podría ser el personaje más popular de la saga.

"Y en verdad que era un placer contemplar a Tárrec, con su figura atlética, las manos fuertes y morenas, y aquella atractiva sonrisa que relucía con más fuerza en contraste con las mejillas rasuradas y encendidas y sus insolentes ojos azules".
 Se da la circunstancia de que lo dibujé desnudo. Uno de los lectores pidió que lo vistiera, porque le turbaba que un tipo tan malo apareciera tan atractivo. La indumentaria que escogí para vestirlo es de auténtico macarra, como podéis ver. Sí, sí, es muy guapo. Pero te encuentras a este personaje de noche en cualquier callejón... y no me digas que no echas a correr con todas tus fuerzas! Pues esa es la idea. Las cobras reales también son hermosas.


Falcó, Duque de Alanzell en Mallorca, es el romántico héroe protagonista.
La ilustración de Falcó es una de mis favoritas. Hice muchas pruebas y existen multitud de bocetos con el que tenía que ser el rostro del joven protagonista de Demonios de Formentera, quería inspirarme en alguien muy especial porque el personaje lo merecía. Finalmente, un día me topé en una cafetería de Palma con el rostro perfecto, y lo retraté. Es irónico que el modelo de mi personaje principal acabara siendo un completo desconocido al que probablemente no volveré a ver jamás.

Aquí podéis acceder a alguno de mis fragmentos favoritos sobre Falcó de Alanzell, en catalán y en castellano. Y ésta es su descripción en la Biblia de Personajes para el proyecto de serie de tv.:
FALCÓ (protagonista)
Tiene 20 años. Inteligente, sensible, de carácter alegre y bromista, valiente e idealista. Es alto y delgado, de cabellos castaños ensortijados, sus ojos son tiernos, bellos y amables como los de un ciervo, tiene una preciosa sonrisa y buena voz. Le gusta cantar y tocar varios instrumentos, aunque su preferido es el laúd de 10 órdenes. El Taumaturgo, después de causar las muertes de sus padres cuando Falcó apenas tenía 3 años, se apiadó del niño y lo adoptó como propio. Gracias a su educación por el Taumaturgo, es culto y diestro con todo tipo de armas y conoce muchos secretos relativos a la Zona Prodigiosa y los Ocultos. Aunque siempre desconfían de él por su relación con el Taumaturgo, la gente le toma simpatía con facilidad, pero su carisma no impedirá que tenga que afrontar y superar grandes dificultades que le causarán un enorme e injusto sufrimiento, más lamentable por ser tan alegre y joven. Él será la clave en la lucha entre Formentera y Parellada, aunque su único deseo es conseguir el amor de Jasíone y estar con ella. Falcó es tan sólo un joven de buen corazón desesperadamente enamorado, pero las aventuras en la Zona Prodigiosa le prepararán para convertirse en un hombre extraordinario, capaz de asumir su elevado y misterioso destino.

A continuación, otra de mis ilustraciones favoritas, que aparece por primera vez en la 8ª edición del libro, es ésta, que ilustra el fragmento que citaré a continuación. Tenía varios bocetos sobre este momento, que siempre me pareció bastante importante para entender la evolución del personaje, y me decidí por fin a realizar la ilustración y a insertarla en el libro porque los propios lectores me animaron a hacerlo. Me encanta jugar con la ambigüedad, porque creo que la vida está llena de matices y no creo en el blanco y negro. A muchos lectores, especialmente masculinos, les ha chocado esa escena, y no les cuadra que un hombre profundamente enamorado de una mujer bellísima pueda protagonizar un beso como éste. Yo creo fundamentalmente en el sexo tierno, pero pienso que el sexo también tiene mucho que ver con la violencia, especialmente cuando es sexo espontáneo, arrebatador, fruto de un momento intensamente vital.
"Hombre besando a otro hombre". El polémico beso entre dos guerreros.


Fragmento:
Cuando así lo hubo derrotado, Falcó se echó encima, y sentado sobre el estómago del demonio lo cogió por las muñecas y lo obligó a mirarlo a la cara mientras le decía:

—¡Acepta tu derrota y cumple tu palabra, Garric Bordiol!

Y, espoleado por la rabia, Garric sacó fuerzas y tensó su espalda y dio tal sacudida que consiguió cambiar la situación, y Falcó fue quien quedó debajo de su cuerpo, y él quien lo sujetaba por las muñecas, y teniéndolo así a su merced Garric Bordiol se inclinó sobre su rostro. Falcó, de alguna manera sorprendido por la proximidad del rostro de Garric y cautivo por la intensidad de su mirada, dejó de resistirse, y entonces Garric Bordiol se acercó más todavía, y lo besó en los labios, y no fue un beso rápido, ni feroz, ni mucho menos casual, sino profundo, sensual y lánguido, y se prolongó mucho más de lo que cabía esperar.


No es la única ocasió en que otro hombre besa a Falcó. De hecho, en mi novela "Bellver" se da la siguiente escena, calificada por muchos de mis lectores como de las más emocionantes del libro:

Junto a la cordillera de Sa Tramuntana, de madrugada, dos hombres jóvenes aguardaban el alba en silencio: uno para matar, el otro para morir. Ambos contemplaban el paisaje ante ellos.

El día antes había empeorado el tiempo, y se juntaron nubes que procedían del oeste y del sur, hasta que todo el cielo era un revoltijo de nubes enormes, plomizas y cargadas de agua, separadas entre sí por líneas blancas de aspecto oleoso. Nada más ser pronunciada la terrible sentencia de muerte, empezó a caer la lluvia a grandes gotas, como si el mismo cielo llorara.

—¡Anteponer la vida de la Reina a la ruina de Balearia es alta traición! —había gritado Raimon Llull—. ¡Ni vuestro título de Rey os salvará de la pena de muerte!

Falcó se estremeció al recordar que el Rey había alzado la mirada: sus ojos parecían terribles, y tan fríos como el hielo. Se arrebujó en su manto y se preguntó una vez más: "¿Por qué yo, entre todos, he sido el elegido para llevar a cabo la ejecución?"

Y el Rey, adivinando su pensamiento, dijo:

—No quiero que ningún otro me ponga las manos encima.

El condenado se quitó el manto, las armas, la armadura, la cota de malla y la camisa. Aun así, su estado de ánimo le impedía sentir el mordisco del frío. Cuando besó su espada, ésta emitió un gemido prolongado.

—¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? —dijo el Duque— Me perdonaste la vida, pero yo te juré que un día te mataría.

—Falcó —dijo el Rey, tendiendo su mano hacia él—. Oh, Falcó... —repitió, rompiéndose su voz como se rompe una cuerda que soporta demasiado peso.

Y entonces Falcó leyó en sus ojos opalinos tan claro como en un libro abierto: y vio su alma valerosa, que tropezaba con el gran abatimiento que como Rey intentaba por todos los medios eludir, y no fue capaz de consentir que su amigo flaqueara, pues conocía y amaba su corazón orgulloso. Y Falcó, con lágrimas en los ojos, le imploró:

—¿No podría ser un combate? Me lo debes.

El Rey rodeó la nuca de Falcó con las manos, y juntó sus frentes y, tan fugazmente que Falcó se preguntó durante el resto de su vida si no lo había imaginado, lo besó en los labios.

—No digas nada, Falcó —el Rey barrió con los pulgares las lágrimas de su amigo, y le regaló su última sonrisa—. No llores.

El Rey, magnífico con los cabellos al viento, echó a correr por la llanura nevada. Falcó, sin perder de vista su figura, mientras le daba tiempo para calmarse al repentino cataclismo que se había adueñado de su corazón, cargó las cosas del Rey sobre el caballo, montó en su yegua negra, y empezó a seguirlo.

Muchas horas de persecución después, bajo un crepúsculo sangriento, el Rey yacía exhausto junto a la orilla de un lago congelado.

Falcó llegó a caballo, desmontó, tomó un hacha que llevaba preparada, y avanzó con la mirada vacía. Pasó sobre el cuerpo del Rey, cuya respiración era muy agitada, y abrió a hachazos un agujero en el hielo.

Sin cambiar de expresión, Falcó agarró al Rey por un brazo, y le colgó del cuello un radiante rubí engastado en una cadena de oro; el corazón del verdugo se aceleró al ver la piedra roja junto a la anfisbena de oro que siempre brillaba sobre el pecho del Rey.

Falcó apretó los labios, arrastró al Rey hasta el agujero, y lo hundió en el agua helada. Así había sido dispuesto: pues la sangre de un rey no podía ser derramada.

El Rey sólo se resistió al final, sacando sus manos y agarrando el firme brazo de Falcó.

Los ojos de Falcó se anegaron mientras seguía manteniendo sumergido al Rey. Las manos de éste perdieron fuerza y se hundieron.

Las últimas burbujas se extinguieron; Falcó lanzó un grito salvaje, y el mundo se detuvo, con todos sus ruidos y tumultos, y cuando Falcó se quedó sin aliento todo a su alrededor era silencio. Las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras mantenía sumergida la cabeza del Rey. Ya no salían burbujas de aire.

El Rey había muerto.

Falcó lo sacó del agua y lo abrazó, sintiendo que moriría allá mismo de puro dolor y congoja. Gemía y lloraba amargamente mientras intentaba apartar los cabellos del rostro amado. El Rey tenía los ojos medio abiertos, y ya no eran de aquel portentoso color índigo opalino, sino de un matiz apagado, y ya no tenía los colores del melocotón, sino la cara pálida, y los labios azulados.

Nunca pensó Falcó que ver aquel rostro hermosísimo, ahora sin vida, pudiera ser tan terrible. Falcó le apretó la mano, como esperando una respuesta de aquellos dedos que tantas veces había soñado. La mano del Rey era como la tierra húmeda. Su frío recorrió el cuerpo de Falcó y le hirió el corazón. Dijo para sí: «Está muerto».

Con esto, el horror cayó sobre el alma de Falcó como una locura.



La siguiente ilustración no es precisamente la mejor del libro, pero es una de las más demandadas por los lectores más jóvenes. Yo creo que no es por la ilustración en sí, sino por el personaje, Adonis Adiant, uno de los demonios más carismáticos y con más personalidad del libro. Un personaje que a menudo es insufrible, indudablemente presumido, insoportablemente engreído, ¡pero a los lectores les cae bien! En la Biblia de Personajes se le describe del siguiente modo:


ADONIS ADIANT (personaje principal)
Es el Señor de Alaior, aparenta unos 25 años, pelo largo rubio oscuro, es tan refinado que a veces parece incluso afeminado, pero a la hora del combate es una fiera, el mejor guerrero entre los demonios, y el más presumido, orgulloso y sibarita. Carismático y muy querido entre los suyos, también es el demonio que más odios despierta entre sus enemigos, por su carácter desdeñoso y libertino, por su cinismo, y sobretodo por su costumbre de bromear y en ocasiones de humillar públicamente a la gente, a veces de forma bastante cruel. Es tremendamente racista contra los humanos. Además, está enamorado de su prima Jasíone, por lo que no soporta a Falcó. Hace gala de un humor muy ácido y desdeñoso, capaz de lanzar los insultos más ingeniosos y destructivos, y las pocas ocasiones en que pierde los estribos se convierte en una criatura horrenda.



Ya se habían sentado, aquí y allá en sillas y bancos, Xenixell y su hermano Abatzer, Fleix, Xipell, y una docena más. Adonis Adiant también estaba allí, de pie pero perezosamente apoyado en una columna, con una copa en la mano. Llevaba los cabellos recogidos a la espalda con una cinta de seda azul, y todos los colores verdes y florales se reflejaban en su camisa blanca, que llevaba medio abierta sobre el pecho.
Falcó, caballeroso, le arrimó a Jasíone una silla para que se sentara, pero cuando quiso sentarse junto a ella Adonis Adiant lo interpeló:
—Me han contado, señor duque de Alanzell, vuestro gran papel en el combate de Es Graus. Dicen que sois un gran guerrero.
—Señor mío, tuve el mejor maestro que guerrero alguno podía soñar: ni más ni menos que el Taumaturgo, el hombre que venció a Berenguer, rey de Balearia. Todo lo que sé me ha costado muchas lágrimas y padecimientos, pero sé que todavía me queda mucho por aprender.
—¡No lo decís en serio! Estáis convencido, señor, de ser tan buen guerrero, que os presentasteis al Combate del Demonio pensando que podíais vencer.
—Y de hecho, así fue —interrumpió Garric Bordiol.
—¿Estáis seguro, duque de Alanzell, de que obtuvisteis la victoria porque erais el mejor?
Los rostros de Garric Bordiol y Jasíone mostraban disgusto con aquella situación, pero Falcó, sorprendentemente, se echó a reír.
—Señor, ya he conocido al mejor guerrero, y no soy yo, ni sois vos. Oh, sí, señor mío, podéis poner la cara que queráis —continuó riendo Falcó, de muy buen humor ante la expresión de incredulidad de Adonis Adiant—. No tengo ninguna duda: escuchad estas palabras y fijadlas bien en vuestra memoria, pues el mejor guerrero del mundo conocido es una mujer, y es mi señora Jasíone. Pues ella es capaz de desarmar al contrario con una sola mirada de sus ojos.
La galante ocurrencia de Falcó hizo reír a todos, menos a Adonis Adiant.
—Aun así —dijo Adonis—, hoy, aquí, antes de que vos llegarais, ha habido quien se ha atrevido a comparar vuestra destreza con las armas con la mía propia. Y pienso que debéis entender que no esté dispuesto a consentir que me comparen con vos. Por lo tanto, y si no tenéis nada en contra, os quiero proponer que nos midamos, ahora y aquí mismo, si os place.
Jasíone quiso levantarse, pero Falcó la mantuvo sentada con un gentil gesto.
—No es cosa que me plazca, ahora mismo, pero entiendo que vos la necesitéis. Y aun así ya estoy de pie, y el desayuno ha sido magnífico. ¿Qué mejor manera de daros las gracias que accediendo a vuestro deseo? Además, no es mal lugar éste, pues el césped evitará que nos hagamos demasiado daño.
—No quiero probarme con vos en un combate sin armas, Falcó. Que os traigan vuestras armas, señor. Y defendeos lo mejor que sepáis, pues sólo una buena defensa os puede evitar que os haga daño.
Garric Bordiol se puso de pie y se enfrentó a su primo.
—Eres caprichoso, demonio. Tienes el cuerno clavado en esto y no hay forma de que lo dejes estar. ¿Crees que, aunque tú seas mi querido primo, puedo permitir que por tu capricho causes algún mal a Falcó, que es mi amigo?
—No puedo evitar que escojas bien o mal a tus amigos, primo. Como has dicho antes, tengo el cuerno clavado en esto, y me conoces bastante bien para saber que no puedo tener sosiego hasta que tenga lo que busco: un buen combate.
Ya llegaba el sirviente con las armas de Falcó, y otro con la espada y el escudo del señor de Alaior. Las sonrisas habían quedado heladas en los rostros, menos el de Fleix, que parecía satisfecho. Falcó, muy serio, estaba algo pálido y en sus ojos dorados aleteaba una mirada ausente y dura. Adonis tenía los rasgos como esculpidos en roca, y algo oscuro flotaba sobre su frente hermosísima.
—Tomad una espada de verdad y un escudo, duque de Alanzell —dijo Adonis Adiant—. Os prometo que os hará buen servicio.
—Permitidme ser fiel a mi estilo, señor de Alaior —contestó Falcó—. Hasta el día de hoy, nunca he usado mis faussars por diversión.
—Os aseguro que no es mi intención que os divirtáis, sino que los utilicéis para defender vuestra vida. Manos a la obra, pues: a ver si sois tan bueno como dicen.
Y Adonis fue el primero en lanzar un tajo, obligando a Falcó a esquivarlo echando la cabeza atrás, y aun así el encaje que adornaba el cuello de la camisa de Falcó fue cortado por la afilada espada del demonio, y el jirón cayó lentamente sobre el césped que tapizaba el suelo.
El silencio era profundo mientras Adonis Adiant daba un paso atrás y abría los brazos en cruz, uno armado con la espada, el otro sosteniendo el escudo, invitando a su contrincante a atacar. Pero Falcó estaba plantado, con un faussar en cada mano, los brazos caídos a cada lado.
—¡Atacad!
—No. Atacad vos si queréis.
Adonis Adiant se echó encima Falcó y le propinó media docena de poderosos golpes de espada, con fuerza y desde arriba, y Falcó se limitaba a contener o desviar los tajos.
—¡Luchad! ¡Luchad o moriréis aquí mismo!
—Estoy aquí de forma voluntaria, señor, por amor a Jasíone y por simpatía hacia vuestra causa. Estoy aquí porque ayudé a vuestros primos, que iban a ser asesinados. ¿Qué derecho tenéis a despreciarme a mí y a mi vida?
—¡No habléis! —gritó Adonis, mientras seguía atacando a Falcó con ferocidad—. ¡Luchad conmigo!
—¿Sí? —contestó Falcó, amparándose de los golpes de Adonis—. Mirad vuestro escudo: ¿cuántas de estas piedras preciosas relucientes creéis que dejaría en él si llegáramos a las manos de verdad, vos y yo?
—Te lo diré —respondió el señor Adonis Adiant—. Nunca he ido a la guerra sin volver con cien joyas por cada una que me arrancan del escudo en combate, para volver a adornarlo con los despojos de mis enemigos.
—Pues conmigo perdéis el tiempo, Adonis —sorprendiendo a todos los que miraban el combate, Falcó sonrió—. Ni yo soy enemigo vuestro, ni mis despojos podrían adornar vuestro escudo, pues he venido aquí con una mano delante y otra mano detrás: los atuendos que traigo son gentiles préstamos de vuestros primos.
—¿Ah, sí? Pero la joya más valiosa con que os adornáis, Falcó, me pertenece a mí antes que a vos.
Aquí Falcó borró toda sonrisa de su rostro.
—No considero que la joya que mencionáis sea de mi propiedad, Adonis Adiant. Pero me niego a consentir que digáis que es vuestra.
Y diciendo aquellas palabras, Falcó hurtó una vez más el filo de la espada del señor de Alaior, y se separó de él. Adonis, contemplándolo de arriba abajo, dijo:
—Por mi orgullo, Falcó de Alanzell, si eres la mitad de hombre que dicen que eres, acepta mi reto de un combate singular, aquí y ahora. Y, si me lo niegas, quedarás por cobarde claro y patente.
Entonces, cansado de recibir por parte del señor Adonis Adiant, tanto con la espada como con las palabras, Falcó se defendió, y tras parar un golpe con sus sables en cruz él mismo empezó a asestar tajos con los dos faussars, y por varias veces éstos rebotaron en el escudo del señor de Alaior, y cada vez alguna de las joyas allí incrustadas saltaba en alto como una lluvia de destellos de colores, y entre golpe y golpe Falcó, enfadado, decía estas palabras:
—He compartido mi lecho toda mi vida con el riesgo, y el peligro de muerte ha sido mi amigo íntimo. ¿Quien creéis ser vos para juzgar cuán hombre soy?
Y Adonis se resguardó con el escudo aquella lluvia de golpes, retrocediendo a merced del furioso empuje de Falcó, hasta que plantó una de las rodillas en el suelo y aprovechó el impulso de Falcó para tirarlo al suelo.
Falcó aterrizó en medio de un grupo de acónitos, y se levantó raudo, a tiempo para detener un golpe que lo hubiera podido partir por la mitad.
La fuerza con que Adonis Adiant lo golpeó le dejó entumecidos el brazo derecho y el hombro, y los dedos no pudieron retener el arma, que cayó sobre la hierba; Adonis aprovechó la ventaja momentánea que tenía sobre su rival, y se abalanzó una vez más sobre él, y con el mismo movimiento hirió a Falcó en un costado, a la altura de la cintura, bajo el tórax, y la sangre saltó, manchando no sólo la camisa de Falcó, sino también la de Adonis.
Aun cuando el demonio lo acababa de herir Falcó no tuvo ningún respiro, sino que rodó por el suelo para esquivar otro espadazo del señor de Alaior, un gran tajo en redondo para cortarle el cuello si hubiera llegado a su destino.
—¿Todavía me dirás que no tienes miedo a morir? —rió Adonis Adiant.
—Quien tiene miedo es un esclavo, por rico y por poderoso que sea —exclamó Falcó—. ¡Pero quien no tiene miedo de nada es el rey del mundo!
Adonis se desprendió de su escudo y atosigó a su rival con golpes de espada seguidos y lanzados desde todos los puntos en rápida sucesión. Finalmente hirió de punta, y el faussar que todavía empuñaba Falcó y la espada de Adonis Adiant cantaron al frotarse uno con la otra a lo largo de toda la hoja, y Adonis acabó el golpe moviendo su arma en espiral, con lo que envolvió el faussar y el peso superior de su arma le dio la victoria, enviando el faussar por el aire.
Jasíone, con la cara blanca como una azucena, se levantó y quiso abalanzarse sobre su primo, pero Garric se lo impidió. Adonis le puso la espada a Falcó sobre la garganta, donde todavía estaba tierna la herida que Tárrec le había hecho.
—¿Todavía me dirás que no tienes miedo a morir? —le repitió la pregunta, esta vez sin rastro de humor en su tono.
Y Falcó le contestó:
—Tienes tu espada, y mi vida está en tus manos. Pero no tengo miedo. Hiere si es ésta tu voluntad. Es la esclavitud y la pérdida las que me horrorizan, y no la muerte: pues si muero ahora, me habré ido de este mundo siendo el más rico de los hombres.
Adonis apretó los labios, y por un instante pareció que iba a empujar la espada para acallar a Falcó, pero en cambio la alzó mientras le hacía dar vueltas dentro de su puño, como si todo fuera nada más que un juego, y dijo con tono burlón:
—Bah. Tienes el ademán y las palabras de un gran señor, pero no eres más que un zangolotino arrancapinos. Espero que todos aquellos que se han atrevido a compararte conmigo sepan ahora cuánto mayor es mi poder que el tuyo. Y si sabes lo que te conviene, te apartarás de mi camino.
Y, mientras desaparecía entre los naranjos, de camino hacia su palacio, le dijo a su hermana:
—Que le curen la herida. Y pídele disculpas de parte mía a nuestra querida Jasíone, por haberle estropeado su juguete.


Sin embargo, la que sigue es una ilustración con mucha magia para mí. Ilustra la escena en que Falcó y Jasíone hacen el amor por primera vez, un momento arrebatador y largamente esperado por el joven protagonista, que se enamoró de Jasíone prácticamente nada más verla.

Falcó y Jasíone han hecho el amor por primera vez. Varias lectoras me han dicho que este dibujo parece el anuncio de un perfume o una colonia.
Y mientras estaba en la cocina vio que los criados iban y venían con baldes de agua bien caliente, y preguntó si Cárritx se había despertado perezoso para acicalarse en la gran y equipada sala de baños. Y le respondieron que era Falcó de Alanzell quien se había levantado y había solicitado tomar un baño, y como estaba convaleciente le estaban llenando la bañera de bronce de su habitación. Y Jasíone hizo que le llevasen el mejor jabón, y sales minerales y perlas de aceites esenciales, y al cabo de un tiempo bien calculado ella misma le trajo dos toallas de gamuza bien esponjosas y perfumadas, y entró en la alcoba sin pedir permiso, y como ella quería encontró en la bañera al joven, quien al verla dio tal brinco que una buena cantidad de agua se derramó sobre el suelo de mármol.
Jasíone contempló maravillada los miembros poderosos del joven Falcó, de aspecto tan delgado pero tan fuerte a la vez, como si estuviera hecho todo de hierro.
Era una gran maravilla ver cómo pese a ser humano y su juventud, que implicaba que todavía no estaba acabado de formar, cuando Falcó se había desnudado de todo su atuendo y de las lujosas prendas de vestir con que le gustaba cubrirse, parecía que no se hubiera desprendido en absoluto de su elegancia ni de su resplandor.
—¿En qué estabais pensando, mi señor? —le dijo Jasíone, fingiendo seriedad—. ¡Ni más ni menos que bañaros solo, en vuestro estado! —y cuando él luchaba por pronunciar algo ella le puso un dedo sobre los labios— ¡No os atreváis a discutirme!
Jasíone, que iba vestida con una preciosa túnica blanca y una sobrevesta rosada bordada con pedrería y con largas mangas, se despojó de ésta y de los anillos, las pulseras y los brazaletes, y así con los brazos desnudos acercó un escabel a la bañera y se arrodilló, y tomó la esponja marina y con ella empezó a frotar suavemente el cuello y los hombros del joven, con lentos movimientos circulares. Falcó, que al principio estaba algo agarrotado, bajo el suave masaje de la esponja y a merced de los aromas de los aceites esenciales, se fue relajando, y se dispuso a disfrutar de aquel regalo que la diablesa le ofrecía. Y Jasíone fue bajando por la espalda, y después le frotó los brazos, y entonces lo tomó por un tobillo y, con una sonrisa traviesa, se lo hizo apoyar sobre el borde de la bañera, y empezó a trazar círculos con la esponja a lo largo de la pierna, por la pantorrilla, tras la rodilla, y cuando bajó por el muslo Falcó se volvió a poner rígido, con la respiración agitada por el deseo amoroso, y al mirarle el rostro Jasíone vio que había enrojecido hasta la raíz de los cabellos.
—¿Puedo saber qué os pasa, señor? —dijo ella, juguetona, con la voz algo ronca.
Y aquí Falcó la agarró por la muñeca, y quedaron unos instantes mirándose fijamente a los ojos, y de pronto Falcó la envolvió con los brazos y la atrajo hacia él y la besó, pero casi al instante hubo de soltarla, haciendo un gesto de dolor.
Jasíone, que se había puesto roja como las amapolas en verano, de pronto se sintió culpable, y se puso en pie. Falcó también se levantó, pero las rodillas le fallaron y si Jasíone no lo hubiera sostenido hubiera ido a parar al suelo.
—¡Espera! —dijo Jasíone, risueña—. Despacio, ven conmigo.
Con la ayuda de la diablesa, Falcó salió del baño, y Jasíone, fingiendo no darse cuenta de la patente excitación del joven, lo ayudó a secarse y a vestirse, entre las risas de los dos. Cuando Falcó intentó con las manos torpes abotonarse la camisa, Jasíone lo apartó suavemente para hacerlo ella, diciendo:
—Demasiados botones para unas manos tan inseguras.
Y entonces Falcó le tomó la cara y la miró fijamente a los ojos, y talmente saltaban chispas entre los dos, como cuando se golpea una lasca de sílex contra un filo de metal. Falcó la hizo sentarse sobre sus rodillas y empezó a besarla suavemente, con besos blandos y breves, y le besaba las mejillas, la frente, los ojos, los labios, el cuello... Y mientras tanto, sus manos grandes y cálidas recorrían el cuerpo de ella por todas partes, y Jasíone sentía aquellas manos sobre ella como carbones encendidos, y los labios de él también quemaban.
—Oh Falcó... —suspiró ella—. Tenéis fiebre...
—Oh, sí —dijo él con voz turbia—, pero no de la clase que vos pensáis.
—Parad, loco —dijo ella como ahogada—, no empecéis nada que no podáis acabar. Además, mis hermanos seguramente nos esperan para el desayuno.
—A mí me apetece otro tipo de desayuno, Jasíone.
—No, no —decía ella, pero había metido las manos por debajo de la camisa y sus dedos recorrían el cuerpo ardiente de Falcó—. Parad...
—Tú has empezado esto, pérfida —dijo Falcó—, ahora no puedo detenerme.

En Amazon el libro GRATIS o por el precio de un café!


MIS ILUSTRACIONES FAVORITAS y otras cosas...

Ya están listos El Poder de la Sangre, El Poder del Amor y El Poder de la Memoria (los encontraréis a buen precio en Amazon, y saldrán en papel a finales de este año). Son los tres títulos en que he dividido la extensa historia de Bellver tras una intensa revisión. La precuela de esta historia, Demonios de Formentera, tiene en estos momentos 22.222 seguidores en su fanpage de Facebook (un número curioso que bien valía actualizar el blog). Así que esos fantásticos personajes que habitan este maravilloso universo basado en las Islas Baleares (con grandes licencias, por supuesto), no sólo no desaparecen, sino que usan la nueva trilogía como puente hacia su nueva aventura.  Mientras tanto, y haciendo caso de los numerosos lectores que así lo sugirieron, he desarrollado un apéndice con una extensa biblia de personajes que he incluido en cada uno de los libros, así como una guía del mundo que habitan.

Os dejo con unas pocas de las numerosas ilustraciones que vais a encontrar en la saga! 
 
Guiomar (detalle)
 
Guiomar y Silencio son las protagonistas femeninas de la trilogía "Bellver".

 La joven Silencio se ha convertido en uno de los personajes favoritos de los lectores. No aparece hasta el segundo volumen, El Poder del Amor, pero ha causado una auténtica revolución. Y es que, entre tanta tragedia, se agradece la vivacidad de esta hada inocentona pero tan vivaracha, las risas que nos echamos gracias a ella no tienen precio entre tanto dramatismo! 

Falcó sigue causando estragos en los corazones de los lectores. No cabe duda de que es un personaje muy complejo, y está entre mis mayores logros. ¿Por qué nos gusta tanto la gente que sufre injustamente?

 
 Bellver es un personaje polémico, sin duda. Durante el experimento literario los lectores al principio declaraban que les resultaba antipático, pero una de las mejores características de la trilogía es la evolución de los personajes, y Bellver acaba siendo no sólo un personaje muy querido, sino realmente AMADO. Lo cual no es fácil de conseguir para un personaje de ficción. 


 Ah, vamos a por los dibujos polémicos. Los que conocen mi obra saben que me gusta jugar con la ambigüedad, pero es porque me agrada que el lector llegue a sus propias conclusiones. Aún así, no negaré que me causa estupor ver que, a estas alturas, aún existe tanta homofobia sin tratar. El día en que subí a la fanpage las ilustraciones que siguen, multitud de seguidores masculinos hicieron click en el botón de YA NO ME GUSTA. En unos pocos días la fanpage perdió más de 1.000 seguidores, un 5%. No parece mucho, pero ahí está ese porcentaje. Una de cada 20 personas no soporta que dos guapos chicos se abracen, o se besen. El arte homo-erótico tiene su público, pero por lo visto también sus detractores. Que conste que algunas de las imágenes que tanto escandalizan a alguna gente no ilustran en la novela momentos eróticos, sino de gran dramatismo. Por ejemplo, este abrazo es entre dos hermanos, no entre dos amantes. Aunque admito que éste es mi juego y que soy un poco pícara. :-) 




 Admito que la imagen es como es: es un beso, si puedo dar mi propia opinión, un bellísimo beso entre dos hombres hermosos que se quieren mucho. Además, la imagen está repleta de simbolismos, como las dos mariposas atrapadas en la bola de cristal, la araña, las fresas que crecen en esos arbustos espinosos... Pero en el libro, el momento que ilustra este dibujo no tiene nada de erótico. Al contrario, el 90% de los lectores del experimento literario declararon haber llorado, literalmente. Uno no llora porque dos chicos se den un beso. Sigue siendo mi juego. Soy mala y manipuladora!  :-) 


 Oh, oh, oh, capítulo aparte merece esta imagen. Esta ilustración la titulé “El Beso de la Vida”, está inspirada en la famosa fotografía de Rocco Morabito “Kiss of Life”, que podéis ver más abajo.   

Esta dramática fotografía ganó un Premio Pulitzer en 1968. Apareció en los periódicos de todo el mundo el año en que nació Joana Pol, 1967. Precisamente buscando efemérides fue como descubrí la imagen y quedé impresionada. La foto mostraba a un aprendiz de instalador de líneas eléctricas, R.G. Champion, que había entrado en contacto con una línea de 4.160 voltios, siendo resucitado por su compañero J.D. Thompson, mientras colgaba de la parte superior del poste. Champion sobrevivió, superando la terrible experiencia. Morabito hizo su famosa foto cuando regresaba de cubrir una huelga del ferrocarril. Utilizó su radio para indicar al periódico que llamasen a una ambulancia, y después de hacer la foto llamó de nuevo por radio al periódico, que estaba cerca de su hora límite, para decirles: “Es posible que deseen esperar a esto. Creo que tengo una muy buena”.


Usé la imagen para ilustrar uno de los momentos más dramáticos de El Poder de la Memoria, haciendo una sutil división entre la zona superior de la ilustración, que representa la muerte, y la zona inferior, repleta de vida. 

La ilustración que sigue a continuación, en cambio,  consiste en un homenaje al famoso cuadro de Bouguereau Le Ravissement de Psyche”,un tema mucho más amable de un artista que siempre me ha gustado.




 


La imagen más arriba corresponde al retrato del Capitán Ricard. Quería una ilustración especial para un personaje que realmente es especial. Bajo estas líneas, tenemos a un auténtico canalla, el perverso y controvertido Tárrec. Copio a continuación la descripción que aparece en la biblia de personajes: 


Tárrec tiene 26 años. Procede como Falcó del otro lado del Muro, es de linaje real; es el Capitán General de las fuerzas de Lladern IX, rey de Parellada; se unió a éste para vengar la muerte de su hermano mayor, Oleguer, a manos del demonio Adonis Adiant. Odia profundamente a los demonios, pero sostiene una devastadora lucha interior porque se siente brutalmente fascinado por Jasíone, por la que sufre una atracción enfermiza y confusa, entre el amor y el odio, que lo atormenta. Es un joven atractivo, vigoroso, un gran guerrero, ludópata, juerguista, mujeriego, lascivo, machista, valiente, impetuoso, vicioso, y aunque le gusta bromear (sobretodo para humillar o sacar de sus casillas a sus superiores), casi siempre está de mal humor, sobretodo cuando bebe demasiado. Es un hombre inteligente y hábil, pero brutal, un hombre capaz de grandes logros si no fuera por el  lastre de su rencor y sus prejuicios. Podría ser el personaje más popular de la saga.

"Y en verdad que era un placer contemplar a Tárrec, con su figura atlética, las manos fuertes y morenas, y aquella atractiva sonrisa que relucía con más fuerza en contraste con las mejillas rasuradas y encendidas y sus insolentes ojos azules".
 Se da la circunstancia de que lo dibujé desnudo. Uno de los lectores pidió que lo vistiera, porque le turbaba que un tipo tan malo apareciera tan atractivo. La indumentaria que escogí para vestirlo es de auténtico macarra, como podéis ver. Sí, sí, es muy guapo. Pero te encuentras a este personaje de noche en cualquier callejón... y no me digas que no echas a correr con todas tus fuerzas! Pues esa es la idea. Las cobras reales también son hermosas.


Falcó, Duque de Alanzell en Mallorca, es el romántico héroe protagonista.
La ilustración de Falcó es una de mis favoritas. Hice muchas pruebas y existen multitud de bocetos con el que tenía que ser el rostro del joven protagonista de Demonios de Formentera, quería inspirarme en alguien muy especial porque el personaje lo merecía. Finalmente, un día me topé en una cafetería de Palma con el rostro perfecto, y lo retraté. Es irónico que el modelo de mi personaje principal acabara siendo un completo desconocido al que probablemente no volveré a ver jamás.

Aquí podéis acceder a alguno de mis fragmentos favoritos sobre Falcó de Alanzell, en catalán y en castellano. Y ésta es su descripción en la Biblia de Personajes para el proyecto de serie de tv.:
FALCÓ (protagonista)
Tiene 20 años. Inteligente, sensible, de carácter alegre y bromista, valiente e idealista. Es alto y delgado, de cabellos castaños ensortijados, sus ojos son tiernos, bellos y amables como los de un ciervo, tiene una preciosa sonrisa y buena voz. Le gusta cantar y tocar varios instrumentos, aunque su preferido es el laúd de 10 órdenes. El Taumaturgo, después de causar las muertes de sus padres cuando Falcó apenas tenía 3 años, se apiadó del niño y lo adoptó como propio. Gracias a su educación por el Taumaturgo, es culto y diestro con todo tipo de armas y conoce muchos secretos relativos a la Zona Prodigiosa y los Ocultos. Aunque siempre desconfían de él por su relación con el Taumaturgo, la gente le toma simpatía con facilidad, pero su carisma no impedirá que tenga que afrontar y superar grandes dificultades que le causarán un enorme e injusto sufrimiento, más lamentable por ser tan alegre y joven. Él será la clave en la lucha entre Formentera y Parellada, aunque su único deseo es conseguir el amor de Jasíone y estar con ella. Falcó es tan sólo un joven de buen corazón desesperadamente enamorado, pero las aventuras en la Zona Prodigiosa le prepararán para convertirse en un hombre extraordinario, capaz de asumir su elevado y misterioso destino.

A continuación, otra de mis ilustraciones favoritas, que aparece por primera vez en la 8ª edición del libro, es ésta, que ilustra el fragmento que citaré a continuación. Tenía varios bocetos sobre este momento, que siempre me pareció bastante importante para entender la evolución del personaje, y me decidí por fin a realizar la ilustración y a insertarla en el libro porque los propios lectores me animaron a hacerlo. Me encanta jugar con la ambigüedad, porque creo que la vida está llena de matices y no creo en el blanco y negro. A muchos lectores, especialmente masculinos, les ha chocado esa escena, y no les cuadra que un hombre profundamente enamorado de una mujer bellísima pueda protagonizar un beso como éste. Yo creo fundamentalmente en el sexo tierno, pero pienso que el sexo también tiene mucho que ver con la violencia, especialmente cuando es sexo espontáneo, arrebatador, fruto de un momento intensamente vital.
"Hombre besando a otro hombre". El polémico beso entre dos guerreros.


Fragmento:
Cuando así lo hubo derrotado, Falcó se echó encima, y sentado sobre el estómago del demonio lo cogió por las muñecas y lo obligó a mirarlo a la cara mientras le decía:

—¡Acepta tu derrota y cumple tu palabra, Garric Bordiol!

Y, espoleado por la rabia, Garric sacó fuerzas y tensó su espalda y dio tal sacudida que consiguió cambiar la situación, y Falcó fue quien quedó debajo de su cuerpo, y él quien lo sujetaba por las muñecas, y teniéndolo así a su merced Garric Bordiol se inclinó sobre su rostro. Falcó, de alguna manera sorprendido por la proximidad del rostro de Garric y cautivo por la intensidad de su mirada, dejó de resistirse, y entonces Garric Bordiol se acercó más todavía, y lo besó en los labios, y no fue un beso rápido, ni feroz, ni mucho menos casual, sino profundo, sensual y lánguido, y se prolongó mucho más de lo que cabía esperar.


No es la única ocasió en que otro hombre besa a Falcó. De hecho, en mi novela "Bellver" se da la siguiente escena, calificada por muchos de mis lectores como de las más emocionantes del libro:

Junto a la cordillera de Sa Tramuntana, de madrugada, dos hombres jóvenes aguardaban el alba en silencio: uno para matar, el otro para morir. Ambos contemplaban el paisaje ante ellos.

El día antes había empeorado el tiempo, y se juntaron nubes que procedían del oeste y del sur, hasta que todo el cielo era un revoltijo de nubes enormes, plomizas y cargadas de agua, separadas entre sí por líneas blancas de aspecto oleoso. Nada más ser pronunciada la terrible sentencia de muerte, empezó a caer la lluvia a grandes gotas, como si el mismo cielo llorara.

—¡Anteponer la vida de la Reina a la ruina de Balearia es alta traición! —había gritado Raimon Llull—. ¡Ni vuestro título de Rey os salvará de la pena de muerte!

Falcó se estremeció al recordar que el Rey había alzado la mirada: sus ojos parecían terribles, y tan fríos como el hielo. Se arrebujó en su manto y se preguntó una vez más: "¿Por qué yo, entre todos, he sido el elegido para llevar a cabo la ejecución?"

Y el Rey, adivinando su pensamiento, dijo:

—No quiero que ningún otro me ponga las manos encima.

El condenado se quitó el manto, las armas, la armadura, la cota de malla y la camisa. Aun así, su estado de ánimo le impedía sentir el mordisco del frío. Cuando besó su espada, ésta emitió un gemido prolongado.

—¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? —dijo el Duque— Me perdonaste la vida, pero yo te juré que un día te mataría.

—Falcó —dijo el Rey, tendiendo su mano hacia él—. Oh, Falcó... —repitió, rompiéndose su voz como se rompe una cuerda que soporta demasiado peso.

Y entonces Falcó leyó en sus ojos opalinos tan claro como en un libro abierto: y vio su alma valerosa, que tropezaba con el gran abatimiento que como Rey intentaba por todos los medios eludir, y no fue capaz de consentir que su amigo flaqueara, pues conocía y amaba su corazón orgulloso. Y Falcó, con lágrimas en los ojos, le imploró:

—¿No podría ser un combate? Me lo debes.

El Rey rodeó la nuca de Falcó con las manos, y juntó sus frentes y, tan fugazmente que Falcó se preguntó durante el resto de su vida si no lo había imaginado, lo besó en los labios.

—No digas nada, Falcó —el Rey barrió con los pulgares las lágrimas de su amigo, y le regaló su última sonrisa—. No llores.

El Rey, magnífico con los cabellos al viento, echó a correr por la llanura nevada. Falcó, sin perder de vista su figura, mientras le daba tiempo para calmarse al repentino cataclismo que se había adueñado de su corazón, cargó las cosas del Rey sobre el caballo, montó en su yegua negra, y empezó a seguirlo.

Muchas horas de persecución después, bajo un crepúsculo sangriento, el Rey yacía exhausto junto a la orilla de un lago congelado.

Falcó llegó a caballo, desmontó, tomó un hacha que llevaba preparada, y avanzó con la mirada vacía. Pasó sobre el cuerpo del Rey, cuya respiración era muy agitada, y abrió a hachazos un agujero en el hielo.

Sin cambiar de expresión, Falcó agarró al Rey por un brazo, y le colgó del cuello un radiante rubí engastado en una cadena de oro; el corazón del verdugo se aceleró al ver la piedra roja junto a la anfisbena de oro que siempre brillaba sobre el pecho del Rey.

Falcó apretó los labios, arrastró al Rey hasta el agujero, y lo hundió en el agua helada. Así había sido dispuesto: pues la sangre de un rey no podía ser derramada.

El Rey sólo se resistió al final, sacando sus manos y agarrando el firme brazo de Falcó.

Los ojos de Falcó se anegaron mientras seguía manteniendo sumergido al Rey. Las manos de éste perdieron fuerza y se hundieron.

Las últimas burbujas se extinguieron; Falcó lanzó un grito salvaje, y el mundo se detuvo, con todos sus ruidos y tumultos, y cuando Falcó se quedó sin aliento todo a su alrededor era silencio. Las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras mantenía sumergida la cabeza del Rey. Ya no salían burbujas de aire.

El Rey había muerto.

Falcó lo sacó del agua y lo abrazó, sintiendo que moriría allá mismo de puro dolor y congoja. Gemía y lloraba amargamente mientras intentaba apartar los cabellos del rostro amado. El Rey tenía los ojos medio abiertos, y ya no eran de aquel portentoso color índigo opalino, sino de un matiz apagado, y ya no tenía los colores del melocotón, sino la cara pálida, y los labios azulados.

Nunca pensó Falcó que ver aquel rostro hermosísimo, ahora sin vida, pudiera ser tan terrible. Falcó le apretó la mano, como esperando una respuesta de aquellos dedos que tantas veces había soñado. La mano del Rey era como la tierra húmeda. Su frío recorrió el cuerpo de Falcó y le hirió el corazón. Dijo para sí: «Está muerto».

Con esto, el horror cayó sobre el alma de Falcó como una locura.



La siguiente ilustración no es precisamente la mejor del libro, pero es una de las más demandadas por los lectores más jóvenes. Yo creo que no es por la ilustración en sí, sino por el personaje, Adonis Adiant, uno de los demonios más carismáticos y con más personalidad del libro. Un personaje que a menudo es insufrible, indudablemente presumido, insoportablemente engreído, ¡pero a los lectores les cae bien! En la Biblia de Personajes se le describe del siguiente modo:


ADONIS ADIANT (personaje principal)
Es el Señor de Alaior, aparenta unos 25 años, pelo largo rubio oscuro, es tan refinado que a veces parece incluso afeminado, pero a la hora del combate es una fiera, el mejor guerrero entre los demonios, y el más presumido, orgulloso y sibarita. Carismático y muy querido entre los suyos, también es el demonio que más odios despierta entre sus enemigos, por su carácter desdeñoso y libertino, por su cinismo, y sobretodo por su costumbre de bromear y en ocasiones de humillar públicamente a la gente, a veces de forma bastante cruel. Es tremendamente racista contra los humanos. Además, está enamorado de su prima Jasíone, por lo que no soporta a Falcó. Hace gala de un humor muy ácido y desdeñoso, capaz de lanzar los insultos más ingeniosos y destructivos, y las pocas ocasiones en que pierde los estribos se convierte en una criatura horrenda.



Ya se habían sentado, aquí y allá en sillas y bancos, Xenixell y su hermano Abatzer, Fleix, Xipell, y una docena más. Adonis Adiant también estaba allí, de pie pero perezosamente apoyado en una columna, con una copa en la mano. Llevaba los cabellos recogidos a la espalda con una cinta de seda azul, y todos los colores verdes y florales se reflejaban en su camisa blanca, que llevaba medio abierta sobre el pecho.
Falcó, caballeroso, le arrimó a Jasíone una silla para que se sentara, pero cuando quiso sentarse junto a ella Adonis Adiant lo interpeló:
—Me han contado, señor duque de Alanzell, vuestro gran papel en el combate de Es Graus. Dicen que sois un gran guerrero.
—Señor mío, tuve el mejor maestro que guerrero alguno podía soñar: ni más ni menos que el Taumaturgo, el hombre que venció a Berenguer, rey de Balearia. Todo lo que sé me ha costado muchas lágrimas y padecimientos, pero sé que todavía me queda mucho por aprender.
—¡No lo decís en serio! Estáis convencido, señor, de ser tan buen guerrero, que os presentasteis al Combate del Demonio pensando que podíais vencer.
—Y de hecho, así fue —interrumpió Garric Bordiol.
—¿Estáis seguro, duque de Alanzell, de que obtuvisteis la victoria porque erais el mejor?
Los rostros de Garric Bordiol y Jasíone mostraban disgusto con aquella situación, pero Falcó, sorprendentemente, se echó a reír.
—Señor, ya he conocido al mejor guerrero, y no soy yo, ni sois vos. Oh, sí, señor mío, podéis poner la cara que queráis —continuó riendo Falcó, de muy buen humor ante la expresión de incredulidad de Adonis Adiant—. No tengo ninguna duda: escuchad estas palabras y fijadlas bien en vuestra memoria, pues el mejor guerrero del mundo conocido es una mujer, y es mi señora Jasíone. Pues ella es capaz de desarmar al contrario con una sola mirada de sus ojos.
La galante ocurrencia de Falcó hizo reír a todos, menos a Adonis Adiant.
—Aun así —dijo Adonis—, hoy, aquí, antes de que vos llegarais, ha habido quien se ha atrevido a comparar vuestra destreza con las armas con la mía propia. Y pienso que debéis entender que no esté dispuesto a consentir que me comparen con vos. Por lo tanto, y si no tenéis nada en contra, os quiero proponer que nos midamos, ahora y aquí mismo, si os place.
Jasíone quiso levantarse, pero Falcó la mantuvo sentada con un gentil gesto.
—No es cosa que me plazca, ahora mismo, pero entiendo que vos la necesitéis. Y aun así ya estoy de pie, y el desayuno ha sido magnífico. ¿Qué mejor manera de daros las gracias que accediendo a vuestro deseo? Además, no es mal lugar éste, pues el césped evitará que nos hagamos demasiado daño.
—No quiero probarme con vos en un combate sin armas, Falcó. Que os traigan vuestras armas, señor. Y defendeos lo mejor que sepáis, pues sólo una buena defensa os puede evitar que os haga daño.
Garric Bordiol se puso de pie y se enfrentó a su primo.
—Eres caprichoso, demonio. Tienes el cuerno clavado en esto y no hay forma de que lo dejes estar. ¿Crees que, aunque tú seas mi querido primo, puedo permitir que por tu capricho causes algún mal a Falcó, que es mi amigo?
—No puedo evitar que escojas bien o mal a tus amigos, primo. Como has dicho antes, tengo el cuerno clavado en esto, y me conoces bastante bien para saber que no puedo tener sosiego hasta que tenga lo que busco: un buen combate.
Ya llegaba el sirviente con las armas de Falcó, y otro con la espada y el escudo del señor de Alaior. Las sonrisas habían quedado heladas en los rostros, menos el de Fleix, que parecía satisfecho. Falcó, muy serio, estaba algo pálido y en sus ojos dorados aleteaba una mirada ausente y dura. Adonis tenía los rasgos como esculpidos en roca, y algo oscuro flotaba sobre su frente hermosísima.
—Tomad una espada de verdad y un escudo, duque de Alanzell —dijo Adonis Adiant—. Os prometo que os hará buen servicio.
—Permitidme ser fiel a mi estilo, señor de Alaior —contestó Falcó—. Hasta el día de hoy, nunca he usado mis faussars por diversión.
—Os aseguro que no es mi intención que os divirtáis, sino que los utilicéis para defender vuestra vida. Manos a la obra, pues: a ver si sois tan bueno como dicen.
Y Adonis fue el primero en lanzar un tajo, obligando a Falcó a esquivarlo echando la cabeza atrás, y aun así el encaje que adornaba el cuello de la camisa de Falcó fue cortado por la afilada espada del demonio, y el jirón cayó lentamente sobre el césped que tapizaba el suelo.
El silencio era profundo mientras Adonis Adiant daba un paso atrás y abría los brazos en cruz, uno armado con la espada, el otro sosteniendo el escudo, invitando a su contrincante a atacar. Pero Falcó estaba plantado, con un faussar en cada mano, los brazos caídos a cada lado.
—¡Atacad!
—No. Atacad vos si queréis.
Adonis Adiant se echó encima Falcó y le propinó media docena de poderosos golpes de espada, con fuerza y desde arriba, y Falcó se limitaba a contener o desviar los tajos.
—¡Luchad! ¡Luchad o moriréis aquí mismo!
—Estoy aquí de forma voluntaria, señor, por amor a Jasíone y por simpatía hacia vuestra causa. Estoy aquí porque ayudé a vuestros primos, que iban a ser asesinados. ¿Qué derecho tenéis a despreciarme a mí y a mi vida?
—¡No habléis! —gritó Adonis, mientras seguía atacando a Falcó con ferocidad—. ¡Luchad conmigo!
—¿Sí? —contestó Falcó, amparándose de los golpes de Adonis—. Mirad vuestro escudo: ¿cuántas de estas piedras preciosas relucientes creéis que dejaría en él si llegáramos a las manos de verdad, vos y yo?
—Te lo diré —respondió el señor Adonis Adiant—. Nunca he ido a la guerra sin volver con cien joyas por cada una que me arrancan del escudo en combate, para volver a adornarlo con los despojos de mis enemigos.
—Pues conmigo perdéis el tiempo, Adonis —sorprendiendo a todos los que miraban el combate, Falcó sonrió—. Ni yo soy enemigo vuestro, ni mis despojos podrían adornar vuestro escudo, pues he venido aquí con una mano delante y otra mano detrás: los atuendos que traigo son gentiles préstamos de vuestros primos.
—¿Ah, sí? Pero la joya más valiosa con que os adornáis, Falcó, me pertenece a mí antes que a vos.
Aquí Falcó borró toda sonrisa de su rostro.
—No considero que la joya que mencionáis sea de mi propiedad, Adonis Adiant. Pero me niego a consentir que digáis que es vuestra.
Y diciendo aquellas palabras, Falcó hurtó una vez más el filo de la espada del señor de Alaior, y se separó de él. Adonis, contemplándolo de arriba abajo, dijo:
—Por mi orgullo, Falcó de Alanzell, si eres la mitad de hombre que dicen que eres, acepta mi reto de un combate singular, aquí y ahora. Y, si me lo niegas, quedarás por cobarde claro y patente.
Entonces, cansado de recibir por parte del señor Adonis Adiant, tanto con la espada como con las palabras, Falcó se defendió, y tras parar un golpe con sus sables en cruz él mismo empezó a asestar tajos con los dos faussars, y por varias veces éstos rebotaron en el escudo del señor de Alaior, y cada vez alguna de las joyas allí incrustadas saltaba en alto como una lluvia de destellos de colores, y entre golpe y golpe Falcó, enfadado, decía estas palabras:
—He compartido mi lecho toda mi vida con el riesgo, y el peligro de muerte ha sido mi amigo íntimo. ¿Quien creéis ser vos para juzgar cuán hombre soy?
Y Adonis se resguardó con el escudo aquella lluvia de golpes, retrocediendo a merced del furioso empuje de Falcó, hasta que plantó una de las rodillas en el suelo y aprovechó el impulso de Falcó para tirarlo al suelo.
Falcó aterrizó en medio de un grupo de acónitos, y se levantó raudo, a tiempo para detener un golpe que lo hubiera podido partir por la mitad.
La fuerza con que Adonis Adiant lo golpeó le dejó entumecidos el brazo derecho y el hombro, y los dedos no pudieron retener el arma, que cayó sobre la hierba; Adonis aprovechó la ventaja momentánea que tenía sobre su rival, y se abalanzó una vez más sobre él, y con el mismo movimiento hirió a Falcó en un costado, a la altura de la cintura, bajo el tórax, y la sangre saltó, manchando no sólo la camisa de Falcó, sino también la de Adonis.
Aun cuando el demonio lo acababa de herir Falcó no tuvo ningún respiro, sino que rodó por el suelo para esquivar otro espadazo del señor de Alaior, un gran tajo en redondo para cortarle el cuello si hubiera llegado a su destino.
—¿Todavía me dirás que no tienes miedo a morir? —rió Adonis Adiant.
—Quien tiene miedo es un esclavo, por rico y por poderoso que sea —exclamó Falcó—. ¡Pero quien no tiene miedo de nada es el rey del mundo!
Adonis se desprendió de su escudo y atosigó a su rival con golpes de espada seguidos y lanzados desde todos los puntos en rápida sucesión. Finalmente hirió de punta, y el faussar que todavía empuñaba Falcó y la espada de Adonis Adiant cantaron al frotarse uno con la otra a lo largo de toda la hoja, y Adonis acabó el golpe moviendo su arma en espiral, con lo que envolvió el faussar y el peso superior de su arma le dio la victoria, enviando el faussar por el aire.
Jasíone, con la cara blanca como una azucena, se levantó y quiso abalanzarse sobre su primo, pero Garric se lo impidió. Adonis le puso la espada a Falcó sobre la garganta, donde todavía estaba tierna la herida que Tárrec le había hecho.
—¿Todavía me dirás que no tienes miedo a morir? —le repitió la pregunta, esta vez sin rastro de humor en su tono.
Y Falcó le contestó:
—Tienes tu espada, y mi vida está en tus manos. Pero no tengo miedo. Hiere si es ésta tu voluntad. Es la esclavitud y la pérdida las que me horrorizan, y no la muerte: pues si muero ahora, me habré ido de este mundo siendo el más rico de los hombres.
Adonis apretó los labios, y por un instante pareció que iba a empujar la espada para acallar a Falcó, pero en cambio la alzó mientras le hacía dar vueltas dentro de su puño, como si todo fuera nada más que un juego, y dijo con tono burlón:
—Bah. Tienes el ademán y las palabras de un gran señor, pero no eres más que un zangolotino arrancapinos. Espero que todos aquellos que se han atrevido a compararte conmigo sepan ahora cuánto mayor es mi poder que el tuyo. Y si sabes lo que te conviene, te apartarás de mi camino.
Y, mientras desaparecía entre los naranjos, de camino hacia su palacio, le dijo a su hermana:
—Que le curen la herida. Y pídele disculpas de parte mía a nuestra querida Jasíone, por haberle estropeado su juguete.


Sin embargo, la que sigue es una ilustración con mucha magia para mí. Ilustra la escena en que Falcó y Jasíone hacen el amor por primera vez, un momento arrebatador y largamente esperado por el joven protagonista, que se enamoró de Jasíone prácticamente nada más verla.

Falcó y Jasíone han hecho el amor por primera vez. Varias lectoras me han dicho que este dibujo parece el anuncio de un perfume o una colonia.
Y mientras estaba en la cocina vio que los criados iban y venían con baldes de agua bien caliente, y preguntó si Cárritx se había despertado perezoso para acicalarse en la gran y equipada sala de baños. Y le respondieron que era Falcó de Alanzell quien se había levantado y había solicitado tomar un baño, y como estaba convaleciente le estaban llenando la bañera de bronce de su habitación. Y Jasíone hizo que le llevasen el mejor jabón, y sales minerales y perlas de aceites esenciales, y al cabo de un tiempo bien calculado ella misma le trajo dos toallas de gamuza bien esponjosas y perfumadas, y entró en la alcoba sin pedir permiso, y como ella quería encontró en la bañera al joven, quien al verla dio tal brinco que una buena cantidad de agua se derramó sobre el suelo de mármol.
Jasíone contempló maravillada los miembros poderosos del joven Falcó, de aspecto tan delgado pero tan fuerte a la vez, como si estuviera hecho todo de hierro.
Era una gran maravilla ver cómo pese a ser humano y su juventud, que implicaba que todavía no estaba acabado de formar, cuando Falcó se había desnudado de todo su atuendo y de las lujosas prendas de vestir con que le gustaba cubrirse, parecía que no se hubiera desprendido en absoluto de su elegancia ni de su resplandor.
—¿En qué estabais pensando, mi señor? —le dijo Jasíone, fingiendo seriedad—. ¡Ni más ni menos que bañaros solo, en vuestro estado! —y cuando él luchaba por pronunciar algo ella le puso un dedo sobre los labios— ¡No os atreváis a discutirme!
Jasíone, que iba vestida con una preciosa túnica blanca y una sobrevesta rosada bordada con pedrería y con largas mangas, se despojó de ésta y de los anillos, las pulseras y los brazaletes, y así con los brazos desnudos acercó un escabel a la bañera y se arrodilló, y tomó la esponja marina y con ella empezó a frotar suavemente el cuello y los hombros del joven, con lentos movimientos circulares. Falcó, que al principio estaba algo agarrotado, bajo el suave masaje de la esponja y a merced de los aromas de los aceites esenciales, se fue relajando, y se dispuso a disfrutar de aquel regalo que la diablesa le ofrecía. Y Jasíone fue bajando por la espalda, y después le frotó los brazos, y entonces lo tomó por un tobillo y, con una sonrisa traviesa, se lo hizo apoyar sobre el borde de la bañera, y empezó a trazar círculos con la esponja a lo largo de la pierna, por la pantorrilla, tras la rodilla, y cuando bajó por el muslo Falcó se volvió a poner rígido, con la respiración agitada por el deseo amoroso, y al mirarle el rostro Jasíone vio que había enrojecido hasta la raíz de los cabellos.
—¿Puedo saber qué os pasa, señor? —dijo ella, juguetona, con la voz algo ronca.
Y aquí Falcó la agarró por la muñeca, y quedaron unos instantes mirándose fijamente a los ojos, y de pronto Falcó la envolvió con los brazos y la atrajo hacia él y la besó, pero casi al instante hubo de soltarla, haciendo un gesto de dolor.
Jasíone, que se había puesto roja como las amapolas en verano, de pronto se sintió culpable, y se puso en pie. Falcó también se levantó, pero las rodillas le fallaron y si Jasíone no lo hubiera sostenido hubiera ido a parar al suelo.
—¡Espera! —dijo Jasíone, risueña—. Despacio, ven conmigo.
Con la ayuda de la diablesa, Falcó salió del baño, y Jasíone, fingiendo no darse cuenta de la patente excitación del joven, lo ayudó a secarse y a vestirse, entre las risas de los dos. Cuando Falcó intentó con las manos torpes abotonarse la camisa, Jasíone lo apartó suavemente para hacerlo ella, diciendo:
—Demasiados botones para unas manos tan inseguras.
Y entonces Falcó le tomó la cara y la miró fijamente a los ojos, y talmente saltaban chispas entre los dos, como cuando se golpea una lasca de sílex contra un filo de metal. Falcó la hizo sentarse sobre sus rodillas y empezó a besarla suavemente, con besos blandos y breves, y le besaba las mejillas, la frente, los ojos, los labios, el cuello... Y mientras tanto, sus manos grandes y cálidas recorrían el cuerpo de ella por todas partes, y Jasíone sentía aquellas manos sobre ella como carbones encendidos, y los labios de él también quemaban.
—Oh Falcó... —suspiró ella—. Tenéis fiebre...
—Oh, sí —dijo él con voz turbia—, pero no de la clase que vos pensáis.
—Parad, loco —dijo ella como ahogada—, no empecéis nada que no podáis acabar. Además, mis hermanos seguramente nos esperan para el desayuno.
—A mí me apetece otro tipo de desayuno, Jasíone.
—No, no —decía ella, pero había metido las manos por debajo de la camisa y sus dedos recorrían el cuerpo ardiente de Falcó—. Parad...
—Tú has empezado esto, pérfida —dijo Falcó—, ahora no puedo detenerme.